Tarde inviolada: en tu serenidad palpita
el músculo de la tormenta.
En la dehiscencia de los pájaros
–esquirlas del cielo–
se describe tu curva imperceptible.
Allí tu corazón, ese espejo de agua
en que se miran
los animales simples.
Aquí tu epitelio, a punto de romperse
en lluvia.
Verano
I (diurno)
Una sombrilla, su parcela de estar
sobre la playa.
¿Es ésta nuestra ración
de dicha?
El bienestar de los días
que transcurren como uno solo.
Allí, a lo lejos: el ala del velero
volcando a occidente.
Rompiendo en el agua dividida:
la cruz de la nave, el mástil,
el ave que cae y remonta.
II (nocturno)
Sobre la línea de la costa,
restos luminiscentes
(valvas o barcazas cegadas
por la noche).
Circunda la espuma –su rastro
mercurial–
el cadáver de un pez,
que tocamos con una ramita.
Así, para que todo esté oscuro.
A Héctor A. Piccoli,
en el recuerdo de nuestras "horas rilkeanas"
Estancia donde la luz de afuera se demora
antes de desvaírse.
¿Cuánto permanecimos en ella?
En el día apaisándose
sobre la mesa,
ajado en las páginas abiertas.
Las cosas –pienso–
gravitaban en qué centro
intraducible?
(…)
"Tanz von Kraft um eine Mitte",
como pantera
en el Jardin des Plantes.
El verano fue de los viandantes.
Ellos pasaron y arrancaron una a una
las flores, y se fueron
entre risas y gestos ostentosos.
Ahora empieza a otoñar.
Con hojitas vencidas a un lado del camino
y las sedas del aire que pronto
se trasciende. Leve,
dulcificado en los pétalos últimos,
en un párpado que tiembla
del sol, fractal y unívoco
sobre el agua sellada.
I.
Es la mañana toda
que cabe en un rectángulo
de mundo.
Lejos, el aire
reverbera y hace ondular
el paisaje.
Aquí, en cambio, quietud.
Quietud de la luz que ha entrado
en la casa y permanece,
suspendida.
(Un gajo de tu aliento
movería el mundo.)
II.
Cuánto de tu ser transita
del hálito al aroma
y cuánto para que vibre en las cuerdas
el amor.
Plaza López
En la inflexión de la tarde
nos demorábamos y restituíamos
el sitio de la fuente.
La fuente: apenas un accidente
de la infancia, o el centro
–luminoso–
de la plaza.
No éramos nosotros
sino lo que quedaba de nosotros,
cuando mirábamos su chorro
y conjugábamos el tiempo
pretérito: fuimos.
No éramos nosotros
ni el alma niña,
enceguecida ahora
por los surtidores
de luz.
¿Ves el celaje que
en un momento
se disipará en el azul
indefinido?
Nupcias del cielo
y de la mar, caricia
que una brisa disuelve
en un agua interior.
Apenas
la crispación de ese paisaje.
Atardece (en Punta del Diablo)
Hace un momento éramos lenguas del crepúsculo.
Ahora, nos consumimos en la brasa
lenta
del cigarro.
Y respirar alienta las pavesas
nocturnas del balcón, y del mar intuido
asciende
el espolón del diablo.
Es la hora sanguínea del reposo:
no ha empezado la luna y gritan
los últimos hombres
y los perros.
Marinas
I
En la cresta de la ola se complacen los catalejos.
Miramos el mar y los cangrejos
y la dicha que espuma los cristales
y el hosco mirador.
Nos regocija el pecho
apretado en innúmeras imágenes
escenas sucesivas de varia marejada.
Y el foulard amarillo
enciende la llama del día.
II
El paisaje se extiende, se proyecta hasta el mar.
Hay un barco que anclado
se invierte en el agua.
Un velamen rasgado por un ala fortuita.
La ausencia de las olas
produce una vacancia que tarda en resolverse
y prolonga la imagen detenida
en azules translúcidos y soles oblicuos.
De la espuma, la iridiscencia
y del metal, el filo que desgarra las olas
vacuas,
el ocurrir de la estela sobre el agua.
